La importancia del testimonio

Al acoger la Buena Nueva en nuestros corazones es toda nuestra existencia la que debe transformarse. No basta alegrarse superficialmente, o vivir un sobrecogimiento pasivo o momentáneo. La vida cristiana debe hacerse vida permanente en nosotros, de modo que podamos proclamar con el Apóstol «no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí».

El cristiano debe irradiar con su propia vida el hecho de que en Cristo ha sido transformado: «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte... Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».

Debemos, pues, procurar ser siempre un testimonio vivo de que el Señor ha venido a salvarnos, de que el amor y la esperanza son una realidad hoy. Esto «constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva». Muchos se preguntarán: ¿Por qué viven así? ¿Quién o qué los inspira? ¿Por qué se preocupan de nosotros sin esperar nada a cambio? Estas y muchas otras preguntas pueden convertirse en germen que predisponga a la acogida del Señor Jesús.

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