Llamados a evangelizar

Todo cristiano tiene su propia historia personal de encuentro con el Señor Jesús. Así como lo hizo con cada uno de los apóstoles, el Señor Jesús ha salido a nuestro encuentro y nos ha llamado por nuestro propio nombre. Al constatar el misterio insondable de Dios que se ha hecho hombre y que, amándonos hasta el extremo, ha padecido, muerto y resucitado para traernos la reconciliación, experimentamos una alegría que no se puede contener.


Es Él mismo quien se ha fijado en cada uno de nosotros y, amándonos sin medida, lo ha dado todo por nuestra salvación. En Él hemos encontrado el sentido de nuestras vidas, la felicidad que tanto anhelábamos en lo profundo de nuestros corazones: «¡Es el Señor!», es el «Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí». El impulso apostólico brota de ese encuentro personal con Jesús. El Señor es la Buena Noticia que no podemos guardar para nosotros, pues «nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz». Quien ha recibido la luz de Cristo quiere que todos sean iluminados por ella. De hecho, el Señor Jesús plantea la misión del apóstol como un compartir lo recibido: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación».

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