Quien comparte crece

La fe no sólo se hace fuerte mediante la oración y los sacramentos, sino que crece muchísimo cuando se comparte. Eso también es muy importante, puesto que no podemos caer en la ilusión de que la fe es -para uno mismo- y que se vive tan solo en lo privado. ¡No! La fe necesita compartirse, sino se marchita. Al compartirla con otros, al convertirnos en portadores del don que hemos recibido en Cristo Jesús, la fe se hace más fuerte en nosotros mismos.

Finalmente, si quieres alimentar tu fe, ¡vive la caridad! Como advierte claramente el apóstol Santiago, «la fe, si no tiene obras, está realmente muerta». La fe necesita expresarse en obras concretas, en obras de caridad para con el prójimo. Es muy sencillo: si no luchas por vivir de acuerdo a tu fe, terminarás viviendo como quien no cree: por más que lleves el nombre de "cristiano", vivirás como un agnóstico o ateo. Si queremos que nuestra fe permanezca, crezca y se fortalezca día a día, debemos amar a nuestros semejantes como Cristo nos ha amado, con una caridad afectiva y efectiva. La fe, como nos los pide el apóstol Pedro, nos debe llevar así a la perfección en la caridad.

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