El Señor Jesús, Centro de la Vida Familiar

En cierto sentido, «el futuro de la humanidad se fragua en la familia». Ella es santuario de la vida y núcleo de toda la vida social. De su identidad, de su cohesión y de su consistencia dependen la cohesión y consistencia de toda la sociedad. Se trata, por tanto, de que las familias sean auténticos cenáculos de amor, donde «el dinamismo santificador del sacramento del matrimonio llega al esposo y a la esposa en su experiencia de donación y entrega en el amor y el servicio, experimentando la fuerza del amor divino que los mueve a acercarse más y más al Señor, así como entre sí, madurando como personas, poseyéndose cada vez más, siendo cada vez más libres y creciendo en el amor a Dios y entre sí, abundando en amor hacia sus hijos».

«Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los albañiles». Con estas palabras el salmista nos recuerda que Dios debe estar al centro de todos nuestros esfuerzos y trabajos. Dios debe ser el centro de nuestra vida, y particularmente, de la vida en familia. En la medida en que el Señor Jesús sea el centro de la vida familiar y de cada uno de los miembros de una familia, ésta se construirá unida y sólida. La familia es como una edificación que se va construyendo de a pocos, en la que la unidad y la resistencia ante la inclemencia del tiempo dependen de sus fundamentos y de la cohesión de sus partes. Si una familia se funda sobre la roca firme[5] del Evangelio, y el amor de Dios es el vínculo que une sus partes, crecerá firme y plena de frutos de bien y santidad para cada uno de sus miembros y para aquellos que están a su alrededor.

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