Santidad de los Esposos

Los primeros responsables para que una familia sea santa son evidentemente los esposos. De ellos depende hacer del Señor Jesús el centro de su vida familiar. Cada cónyuge debe buscar la santidad personal. En segundo lugar, está el trabajar por su integración como esposos, al cual sigue en tercer lugar la educación de los hijos, en quienes tienen que procurar hacer crecer el amor, educándolos en la vida cristiana. El cuarto paso se refiere a la realidad del trabajo, santificando ese espacio y, finalmente, como quinto punto, está el apostolado. Deben los esposos dar testimonio como creyentes, y también como familia toda. De este modo, cada familia será una “pequeña Iglesia”, un lugar de encuentro y comunión con Dios, de santificación y de apostolado.

La vivencia de estos pasos lleva a que la familia se construya alrededor del Señor, viviendo una dinámica de encuentro con Dios y entre sus miembros, fortaleciendo los vínculos y procurando un despliegue de cada uno según el Plan de Dios. Será escuela de reconciliación, donde la persona aprende a vivir según el designio divino, y por tanto, será también camino de realización y de santidad. La familia que tiene al Señor como centro, la familia que reza junta, será una familia unida, y una antorcha de luz —brillando con la luz de Cristo — que ilumina la sociedad. El apostolado que con su solo testimonio de vida cristiana puede realizar una familia es incalculable, más aún en nuestro tiempo, donde una familia que se constituye a imagen de la Familia de Nazaret es también «signo de contradicción». Aquellas familias que viven el horizonte señalado por el Plan de Dios son hoy más que nunca también signo de esperanza, imprescindibles para lograr un cambio profundo en el mundo.

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