En oración con el Señor

Mirar al Hijo de María puede iluminar nuestra reflexión pues los pasajes evangélicos revelan los rasgos fundamentales de su oración. Un primer rasgo es su permanente referencia al Padre en una oración cargada de confianza y ternura filiales (Mt 11, 25; Mc 14, 36; Lc 22, 42). Su oración es, en el fondo, una reafirmación constante de su identidad más profunda como Hijo del Altísimo. Otro rasgo es el de ser obediente pues constantemente hace mención de su adhesión al Plan del Padre (Mt 26, 42; Jn 15, 10; Jn 18, 11).

Es una oración constante ya que, además de su permanente apertura al Padre, busca momentos fuertes en medio del apostolado más intenso (Mt 14, 23; Mc 6, 46; Lc 9, 28). Sobre todo en el umbral mismo de su pasión en Getsemaní, el Señor no huye del Plan de su Padre sino que se adhiere a Él con mayor fuerza aún. Otra dimensión fundamental de su oración es la conciencia de misión, por ello acude a la soledad de la oración en los momentos cruciales de su apostolado. En la oración el Señor redescubre su misión y se renueva para superar las dificultades (Mc 1, 38; Lc 6, 46; Mc 14, 32-42) y nos muestra que la oración no es un episodio más de su vida o una mera actividad, sino una dimensión constante y esencial de su misión.

No olvidemos que nuestras expectativas y anhelos más profundos no pueden ser saciados con sucedáneos. San Juan nos cuenta en su Evangelio que en el día más solemne de la fiesta de los tabernáculos, el Señor Jesús se pone de pie y en medio de una multitud que acudía al templo, clama a voz en cuello: "Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva" (Jn 7, 37-39). Hoy el Señor nos sigue llamando a acudir a Él en busca del agua fresca que nos sacia, de ese don de Dios que tanto anhelamos, nos invita a buscarle por la senda fecunda de la oración.

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