Permaneced en mí

Nos dice Jesus: "Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése de mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada" (Jn 15, 5). Tal vez esta sea una clave para comprender el pasaje aleccionador de Marta y María (Lc 10, 38-42). En dicho pasaje Jesús llama la atención a Marta por estar preocupada y agitada por cosas, cuando sólo una es necesaria y alaba a María porque "ha elegido la parte buena, que no le será quitada" (Lc 10, 42).

¡Quién no quisiera optar por la parte buena, por esa porción mejor que nadie puede arrebatarnos! Y esa parte buena que el Señor señala es la cercanía a Él mismo, es el contacto con su intimidad, el estar en su presencia y a su lado, es permanecer en Él que es la vid verdadera. Es importante notar que el Señor reprocha dulcemente a Marta, no por su actitud de servicio ni por su laboriosidad, sino por el activismo (Lc 10, 40) que le hace perder el silencio y la reverencia necesarios para hacer de su servicio amable una entrega al Plan de Dios, gesto litúrgico transido de la dinámica oracional. El Señor nos enseña con toda sencillez que la oración, la cercanía a su corazón, es el fundamento de todo acto de servicio la piedra angular de todo apostolado.

Santa María reconcilia de manera paradigmática estos dos aspectos de la vida cristiana: la oración para el apostolado, vida y apostolado hechos oración. Es en las bodas de Caná (Jn 2, 1-5) que la Madre nos da una preciada lección pues con su actitud reverente y solícita a las necesidades humanas más inmediatas, permanece con la mirada y el corazón atentos a su Hijo, en diálogo tan profundo como enigmático, tan silencioso como elocuente. De esta manera supera la falsa oposición entre vida y oración, pues aún en la actividad más fecunda mantiene la escucha y contemplación de su Hijo.

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