Corazón inquieto

CorazonInquietoPor Ricardo Simmonds
En diciembre de 1999, mirando el valle perdido de Pobjikha, ubicado en el centro del Reino de Bután, escribí en mi diario: “¿Cuál es el camino que me indica el karma? Estoy espiritualmente perdido y desalentado…

Me dan ganas de dejar todo e ir a surfear en Indonesia, y si no encuentro nada luego, me iré… Fui a buscar a Dasho y el Tilku Rinpoche (el monje reencarnado), pero éste no es el camino. Creo que mi camino espiritual me lleva a viajar con Dorji y su abuela (la monja) a Bodh Gaya en India, a conocer al Dalai Lama… Pero antes quiero vivir algunas aventuras”.

Ahora, 13 años después, y siendo desde hace más de 10 años, religioso católico consagrado a Dios y al servicio de la Iglesia, veo con curiosidad, las palabras que escribí. Yo creía en el karma y en la reencarnación, buscaba al Dalai Lama y viajaba a algunos de los lugares más remotos del planeta. Sólo tenía 18 años y hacía y pensaba todo eso viajando solo. Pero en medio de las locuras que creía y las locuras que hacía, veo también el destello de la acción de Dios, del anhelo de infinito en el fondo de mi corazón, de la búsqueda de la fe y el llamado de Jesús.

Yo nací en Brasil y naturalmente el catolicismo era algo que permeaba la realidad cultural y mi entorno. Fui bautizado e hice mi primera comunión a los siete años, pero mis padres no eran practicantes, y por lo tanto, mi formación en la fe era muy pobre. Yo no tenía nada en contra de la Iglesia, simplemente no la conocía, y no sabía casi nada sobre la fe. Pero al llegar a los 16 años, ese vacío que la ausencia de la fe dejó en mi interior, me llevó a preguntarme sobre el sentido de la vida: ¿Para qué existo? ¿Qué es la felicidad? ¿Existe Dios? ¿Qué religión tiene la verdad? Y no eran mera curiosidad, sino que se trataba de preguntas que me importaban mucho, pues yo experimentaba que tenía todo, o casi todo lo que el mundo decía que me haría feliz, pero me sentía triste y vacío.

Eso me llevó a dedicar un año de mi vida, después de terminar el colegio, a descubrir si Dios existía, si de verdad había una respuesta. Me dediqué a viajar por el mundo explorando distintas religiones. Me fui primero a la India, a buscar gurús y luego a Nepal y Bután a conocer monasterios budistas; yo estaba dispuesto a ser monje si es que ahí estaba la Verdad. Seguí mi camino buscando el Budismo Theravada en Tailandia y Cambodia; luego, cansado, de alguna manera buscaba a Dios surfeando olas perdidas en Sumatra, Australia, Fiji y Tahití. Y aunque conocí y aprendí muchas cosas, lo que siempre me preguntaba en todos los lugares es si Dios estaba presente y si yo estaba siguiendo su Camino. Al final, yo quería la fe, yo quería, y mucho, creer en Dios y andar en la certeza de la fe. Pero por más que quería creer, sabía que la fe sólo se podía tener en el Dios verdadero.

Fue así que siguiendo mi camino, decidí buscar a Dios en el Catolicismo. Fui a un viaje de misiones al Perú, y enseñando la Sagrada Escritura y viviendo la fe en comunidad fue que conocí a Jesús. Jesús me dijo por su Palabra revelada, que Él es “El Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6) y yo le creí. Finalmente había encontrado a la Persona en quien podía depositar mi fe, mis anhelos y mi vida; y no me ha fallado.

Es claro pues, que todas las personas tenemos dentro de nosotros mismos, esos anhelos de infinito, de seguir el camino de Dios, de tener fe, e incluso de entregar nuestra vida y amar “hasta el extremo” (Jn 13, 3).

Síguenos en

facebook twitter rss

LogoIconSquareRev

JPCG BannerSM